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«La montaña rusa de inmigrantes»

Linterna: lista. Botas: listas. Voluntad de esconderse bajo los arbustos: lista. Capacidad de ver en la oscuridad: una ventaja.

(Esto es un relato de nuestro corresponsal en Mexico.)

¿Para qué me estoy preparando? Una caminata por las montañas? No. Para una noche en un parque temático.

Pero cuando digo parque temático, no me refiero a Disneylandia. Piense, en cambio, en inmigrantes indocumentados. Porque ahora se puede ser un inmigrante indocumentado en un parque temático mexicano.

Sobre inmigrantes

Uno viene al Parque Eco Alberto para que le disparen, lo persigan y para cruzar caminando ríos caudalosos.

Inclusive, yo desarrollé una peculiar conexión con uno de esos ríos, pero lo explicaré más adelante.

Por unos US$10, uno puede pasar una noche viviendo como los millones de mexicanos que arriesgaron sus vidas intentando entrar en Estados Unidos.

Excepto que aquí, el parque no está cerca de la frontera y es tan poco probable que la mayoría de la gente cruce ilegalmente la frontera como que el presidente de EE.UU., George W. Bush, ingrese a México por un túnel.

La noche comienza con un atemorizante grito de Poncho, nuestro guía, que camina encapuchado.

«¡Vamos!», grita, y con eso todos nos ponemos a correr en la noche. Y esto es oscuridad total. Además, hace muchísimo frío. Esto es, después de todo, el desierto.

Pero no se imaginen escenas como «Lawrence de Arabia» recorriendo dunas de arena inhóspitas. No, éste es un terreno accidentado e inclemente.

Una especie de juego

El plan es simple. Nosotros somos los inmigrantes y estamos siendo perseguidos por falsas patrullas de frontera.

En apenas 30 segundos me estaba precipitando por una colina.

A los 40 segundos, estaba tirado en suelo después de tropezarme.

Y a los 50 segundos, una mujer que también había tropezado me golpeó, habiendo amortiguado su caída con mi cuerpo.

Poco después, comenzó la parte más pesada.

Se escucharon disparos.

Nos aseguraron que los guardias falsos utilizarían balas de fogueo, pero sonaban reales.

«Salgan, sabemos donde están», nos gritaron los guardias mientras nos escondíamos en unos arbustos.

Más disparos, más gritos.

Uno sabe que es una especie de juego, pero de repente toma un cariz realista que no me había esperado.

¡Bang!

Otro disparo y otro grito. También se escuchan sirenas.

Poncho nos pide que nos levantemos. Es para presenciar un arresto.

Sí. Para al menos dos personas de nuestro grupo, la noche ha terminado. Han sido «capturados».

Los dos, con poca suerte, son llevados en la noche y nunca más los volvemos a ver.

Albergando dudas

Aproveché el momento para entablar una conversación con mi grupo.

«Vine para solidarizarme con los verdaderos inmigrantes», me dijo un hombre. «Siento que puede ser como esto».

Poco después, seguimos caminando. Durante la siguiente corrida, vi a una mujer en el suelo curándose una rodilla sangrante.

Recuerden: esto es para turistas.

Cruzamos verjas, puentes desvencijados y nos agazapamos para poder cruzar túneles.

Amnistía Internacional ha criticado el parque porque dice que trivializa la realidad de los inmigrantes. Pero Poncho no opina igual.

«Es serio», dice, «y es nuestra forma de homenajear a aquellos que buscan una mejor vida en Estados Unidos».

Ya han pasado cinco horas. Ha sido una noche de caza, pesca y disparos, sin la pesca.

Llegamos a un bosque. Y en el bosque estaba ese río caudaloso.

Durante un rato, un hombre que iba delante mío había utilizado su linterna a escondidas, y me había servido como un indicador luminoso.

Pero, de repente, la apagó.

Él fue hacia la izquierda, yo fui hacia la derecha, y de repente estaba en el río.

Perdiendo el control

Por los primeros momentos pensé que estaba en un charco gigante. Pero pasaba el tiempo y el nivel del agua se elevaba. Y seguía elevándose.

Y con la profundidad, también crecía la velocidad.

Antes de saberlo, fui derribado. Por suerte, había un pequeño puente del que pude aferrarme, pero mis pies eran arrastrados por la corriente.

Estaba perdiendo el control.

Los guías se dieron cuenta de lo que había sucedido y vinieron hacia mí.

Uno me agarró de la mano, y el otro me agarró de la chaqueta.

Ellos halaban y yo también. Pero el río halaba más fuerte.

No podía sacar mis piernas del agua porque el poder del agua era demasiado fuerte.

Y algo parecido al pánico comenzó a invadirme.

Aparecieron otro par de guías. Por suerte, ellos lograron hacer la diferencia.

Cuatro hombres me sacaron del río sano y salvo.

Empapado, pensé, ¿qué hubiese pasado si se trataba de un niño? Nunca hubiese sobrevivido.

Para mí, la noche había sido real. Todavía albergaba dudas sobre si esta experiencia era adecuada para clientes que están dispuestos a pagar.

En un parque de diversiones de Florida, podrían estar tentados para elegir el nombre de «la montaña de inmigrantes».

Pero aquí, en México, tiene una autenticidad que uno puede perdonar – a diferencia de sus ríos acaudalados-.

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