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Felicidad en el matrimonio

-Mamá ¿qué es para ti la felicidad en el matrimonio? preguntó la hija recién casada a su madre. La madre pensó un momento y, sin vacilar, contestó: -Para mí la felicidad en el matrimonio es cuando tu padre vuelve de trabajar todo el día y desde la puerta, al entrar, me anuncia con alegría ¡Llegué! -¿Eso para ti es la felicidad en el matrimonio? -Sí, porque a partir de ese ¡Llegué! me está diciendo que está a mi lado nuevamente y así volvemos a ser dos en unidad.

La felicidad en el matrimonio tiene eso: es una felicidad compartida entre dos que se quieren, se complementan, se entienden sin necesidad de hablar, disfrutan de su mutua compañía, comparten alegrías y tristezas, se comunican con sólo una mirada. Efectivamente, son dos seres distintos pero son dos seres que sienten, vibran y sueñan al unísono.

Pero felicidad no quiere decir que la vida matrimonial sea siempre un hermoso vergel de rosas porque las rosas también tienen espinas. Y las espinas lastiman y nadie puede negar que las hay. Las hay porque las circunstancias a veces las imponen, porque los hijos a veces dan dolores de cabeza, porque las dificultades económicas pueden ser importantes, porque pueden existir insospechadas vueltas del destino, porque aparecen enfermedades, porque surgen interferencias o situaciones familiares complicadas y muchas cosas más que se cruzan en el camino.

Todo eso es cierto y puede suceder –y efectivamente sucede- durante la vida matrimonial. Sin embargo, la mayoría de esos acontecimientos son ajenos a la voluntad de cada uno y, muchas veces, son inevitables. Por eso, es bueno recordar aquel sabio consejo evangélico que dice que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Lo que hay que hacer entonces es defender esa unidad en la pareja porque es precisamente, la base de la felicidad matrimonial, Y agradecer que, cuando al fin del día el esposo anuncie su retorno con un ¡Llegué!, este anuncio signifique para los dos: “Aquí estoy porque nos queremos”. Y eso es felicidad.

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